Puertas. Brillantes promesas de libertad.

Las puertas siempre han ejercido una gran seducción en el ser humano. La necesidad de controlar nuestro entorno por seguridad y no saber lo que hay, justo detrás, a escasos centímetros de nosotros, puede dar una sensación de incertidumbre. Las más de las veces de misterio. Algunas desconocidas simplemente aportan tensión.

Una búsqueda en google sirve para darse cuenta de que las puertas parecen, sobre todo, existir desde el exterior. Todas se contemplan desde fuera y casi todas están cerradas. Se trata de salvaguardar lo que hay dentro, más allá del espacio publico común. El horror empieza cuando cambias el punto de vista y observas la puerta como una frontera que te impide salir. La puerta se transforma, destila gotas de pudridero, adquiere entonces tintes de hiel.

Lo peculiar es que, aún en sus peores manifestaciones, como objeto, lo hemos dotado de singularidad. Las puertas se han convertido en puro arte.

Seis tablones, algunos herrajes.

Una enorme y pesada llave.

El carnívoro tiempo se encarga de pulverizar recuerdos. Piensas también en la gente que la traspaso y navegas por el pasado en busca de sus huellas. Momentos de felicidad cuando humanos tan pequeños han sido llevados en brazos, instantes de tristeza cuando sus restos la han cruzado en ataúdes.

De repente el peso de generaciones te golpea como si fuera un vendaval y casi puedes escuchar sus risas y sus llantos, sus secretos murmurados al oído. Sus pasos resuenan con ecos sordos dejando estelas de memoria impresas en cada astilla.

Todo está allí, esperando que alguien lo acune en su regazo y con un leve soplo lo libere de sus cadenas, como el atronador caudal de un rio en primavera.

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En este caso, una muy vieja puerta de madera carcomida por los elementos y algunos insectos, dejaba, desde dentro, insinuar misterios no resueltos. La luz que filtraba daba a entender que al otro lado nos esperan promesas brillantes de libertad. Ejercía magnetismo esperando que alguien la abriera para ofrecer todos sus secretos acumulados en el tiempo.

Al fin dejas que los sueños se mezclen con la fantasía, los deseos con la verdad. Liberas tu mente para elucubrar, para pensar en jardines camuflados, lugares aún no hollados por los humanos. Lugares en definitiva alejados de nuestro tiempo y espacio esperando ser descubiertos.

Te alejas, reculas y huyes. Te olvidas. Dejas la puerta cerrada sin querer saber que hay detrás. Así el misterio permanece, puedes seguir fantaseando en tu mente que, en algún momento de tu futuro, regresas y la traspasas.

Y ves lo que te oculta.

© Ricard de la Casa – Mayo 2014

Cadàver, el drama invisible

Ni siquiera se trata de un cadáver exquisito. Sólo es un montón de huesos y algo de piel. Ha pasado el invierno a la intemperie y los animales han hecho su trabajo de limpieza. Huesos blancos que conforman el volumen y el espacio que una vez fue un ser vivo, con sus miedos y sus pequeños deseos. El cráneo y la dentadura destacan del resto. Pruebo la rotula de la rodilla y áun funciona perfectamente. Su giro es suave, ni cruje ni rechina. La imagino pastando en esos prados de cielos inagotables.

 Los restos de una espléndida vaca, yacen allí en medio del prado a más de 2000 metros de altitud, sólo el armazón que una vez soporto sangre y músculos, destacando en contraste con el verde de la hierba y el agua de los riachuelos que discurren a su alrededor. No hay más testigos que Bhoyet y yo.

Durante el invierno sus restos han estado abandonados cubiertos de nieve. Sólo ahora, con el deshielo de la primavera, sale a la luz una ya vieja historia que se repite desde hace millones de años.

El camino hasta llegar aquí es duro. Perafita Claror, cerca del estany Nou no lo pone fácil. Me he preguntado ya varias veces como las vacas suben las empinadas cuestas, esos mil metros de desnivel. Algunas fotos atestiguan que si, que es habitual hacerlo, pero la pista estrecha y llena de piedras, no lo pone fácil. Si ya es difícil subir, aún es peor bajar.

Pienso en su vida, en lo que sintió y en sus emociones. Cuando su única preocupación era mamar leche de su madre. No tengo dudas de que la tristeza la inundo en algunos momentos y en otros fue una vaca satisfecha con su mundo. Pienso en si tuvo hijos y en si su dueño se comportó con honestidad.

Quizá ya era muy mayor para iniciar el duro descenso y se quedo allí para morir, pero algo dentro de mi se niega a pensar en algo tan dramático. Aún hay cosas peores: una enfermedad, un accidente, un hueso roto la dejo tirada y simplemente se murió de hambre o de frio. Durante unos segundos especulo sobre las causas, pero siempre son dolorosas conjeturas. No puedo separar los hechos de los sentimientos. Ya no lo consigo.

Afrontar lo desconocido es algo extraño y basculo entre la suerte de no estar pendiente del futuro a realzar cada una de sus afiladas aristas. Durante unos momentos sueño con los pensamientos del animal. En sus últimos instantes… ¿El resto del rebaño abandono lentamente la planicie y se quedo sola? ¿La ayudo el pastor en su transito? ¿Fue doloroso? No lo sé y la verdad es que tampoco quiero saberlo porque, de alguna manera, contendrá algunas lagrimas de angustia.

No quiero pensar en su calvario y prefiero pensar que fue rápido. Que no dolió, que no percibió la sombra del final. Simplemente dejo de estar y paso directamente de la somnolencia a la utopía.

Le hago algunas fotos, pocas. Me giro y echo a andar. Abandono el lugar y no me vuelvo como la esposa de Lot por temor al desazón. Los huesos se quedan allí. Tan solitarios como estaban y en pocos minutos el paisaje se transforma.

El animal, el ser vivo, ese cúmulo de sentimientos y emociones se niega a desvanecerse y permanece agazapado dentro de mi. Recuerdos como retazos, como hilos de plata, flotan en mi pensamiento.

El paisaje allí roza el infinito, no hay más sonido que la naturaleza. Apenas mis ojos bastan para contemplar el aullido, a veces ronroneo, de la vida.

© Ricard de la Casa – mayo 2014.

Puede verla en grande en mi galería de FLICKR.