Cabines

No recuerdo si fueron las primeras cabinas de Andorra. Creo que sí y me subí en ellas varias veces para hacer el trayecto entre Encamp y el lago de Engolasters. Ahora cuando las veo, pienso en lo pequeñas que eran. Entonces, en los años sesenta (del siglo pasado), no me lo parecían.

La excusa fue un taller de fotografía nocturna realizado por Andorra Sostenible y dirigido por Esteve Argelich. Además de echarnos unas risas, pude volver a contemplar algunas de esas cabinas que desconocía que estuvieran allí (una propiedad privada y que gracias a Dolors Torres pudimos visitar). No pudimos siquiera hacer una foto de lo que queríamos plasmar (Vía Láctea), las nubes y la contaminación lumínica se aliaron en nuestra contra.

Aún así pudimos dejar constancia del maravilloso cielo del que disfrutamos en Andorra y de los conocimientos de Esteve. ¡Gracias!

Ⓒ Ricardo de la Casa Pérez – Octubre 2021

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Puerta estelar

Hay algunos lugares en apariencia inocuos que ocultan secretos impensables. Mauro Staccioli, el escultor, lo creó y lo dejó allí para que aquellos que fueran hasta ese rincón del mundo pudieran viajar más allá de la puerta de Tannhäuser.

Parece tan solo una escultura. Un enigmático anillo que enmarca otra escultura natural cincelada a golpe de tormentas. Puedes acercarte, trepar por él o moverte a su alrededor, sin resolver el enigma que oculta.

Si te quedas quieto, en el ángulo correcto, y sabes dónde mirar, La Joya puede que te perciba, parpadee y te deje vislumbrar lugares que pensabas que solo existían en tu mente.

Pero no es suficiente.

Tienes que soltar tu imaginación y creer. Desligarte de las ataduras de la realidad. Abrir las alas y volar. Es un acto de amor.

Y en ese momento se abre para ti.

Estás en Andorra, en el Pirineo y a la vez, al alcance de las yemas de tus dedos, el resto de nuestro universo se extiende justo a tus pies. Ya no necesitas los ojos para ver. Las nebulosas son frescas fragancias que te inundan. La luz se transforma en notas de sándalo y percibes gente que viaja cerca de ti como textura de colores brillantes. Sus saludos son latidos que tintinean en tus mejillas. Destellos de calor que vienen y van.

Tu imaginación vibra con cada uno de los tenues agujeros de gusano que se abren para ti. Lineas que te enlazan con el pasado y el futuro.

Eres capaz de verte de niño y de anciano. Cambiar. Especular lo que fuiste y lo que serás. Deslizarte por mil realidades. El tiempo es tan solo un lago calmo de aguas profundas que deja un regusto salobre en tu boca.

Hay algo de temor en ese momento. Verte superado, asaltado por fuerzas que crees inmensas. Giras la cabeza buscando un asidero y de repente estás de vuelta en el punto de partida. Sonríes y sigues haciendo lo que hacías antes de partir.

Escuchas como la máquina de fotos, sujeta en el trípode, acaba de exponer y cierra la cortinilla. La foto está hecha y le das un vistazo.

Solo es una escultura, pero tú sabes que hay algo más.

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©) Ricard de la Casa Texto e imagen– Junio 2019

Selfie en la misma sesión con ayuda de Maria del Mar Sánchez

Bosque mágico

El bosque, casi cualquier bosque, no ha perdido un ápice de su magia. Hablo de esos bosques feroces, salvajes que no han sido maltratados por los humanos. Inaccesibles para el común de los mortales.

Son ellos quienes deciden quién entra y quién se conforma con un sucedáneo.

Entrar en un bosque, es como traspasar una línea etérea y dejar atrás la vida que conocemos. La permuta es difusa. Cambia sin brusquedad, metro a metro. Cuando queremos darnos cuenta estamos rodeados de un muro que nos oculta del resto del mundo. La temperatura baja, en la atmósfera percibes una calima que te encoge.

Te sientes aislado, pero no encerrado. Solitario, pero no abandonado.

No hace falta ver unicornios, ni elfos. Sus habitantes no son seres mitológicos conocidos.

La vegetación exuda algo parecido a perfume. Olisqueas y barruntas que has viajado de golpe mucho más lejos de lo que tus sentidos creen.

Sabes que ya no estás en casa.

Logras identificar el ruido sordo que hace una eternidad percibes. El murmullo crece cuando te acercas. El torrente baja cargado de agua transformada en una furia de espuma.

Las carcajadas del agua remolonean en tus oídos y ocultan el resto de sonidos. Por el rabillo del ojo notas movimiento. Atisbas algo, pero no te atreves a girarte.

Avanzas con cautela y vas descubriendo paso a paso, lugares a los que no das crédito. No podías imaginar que eso siquiera existiera. El paisaje se desdibuja, se hace esbozos, se retuerce en un lienzo de colores y texturas.

En algún momento te despojas de la preocupación por si te pierdes. Dejas de mirar atrás para memorizar el camino. A veces alguna rama seca cruje y se rompe a tu paso, despertando viejos instintos. En algún trecho la luz se desvanece, lugares sin apenas claridad. Los arboles se cierran sobre ti, las zarzas sellan espacios y te impiden avanzar más que por una senda imperceptible hecha de pequeños destellos. El suelo es un cielo estrellado.

La naturaleza te agarra, sujeta tu alma. Te susurra canciones olvidadas. Nombres confinados en el fondo de tu mente surgen incontenibles.

Y es en esos momentos, cuando puedes llegar a imaginarlos. Allí están esos fantasmas de tu vida. Sonríen sin mirarte, siguen ocupados en sus quehaceres. Intuyes que saben que estas allí. No parece que les molestes. Es como si el lugar compartiera dos realidades contiguas, pero diferentes. Manantiales de vida equidistantes. Casi les oyes y dejan que te quedes allí quieto, observando. No están todos, ni siquiera aparecen juntos. De forma aleatoria hoy transige uno o dos. Si tienes mucha suerte, quizá en otro momento u otro día, otro consienta.

La magia se diluye, sabes que tienes que abandonar el lugar, alejarte. Dejar que esos mundos que por un instante han compartido tiempo y espacio, vuelvan a emanciparse. No sabes si ese prodigio se manifestará de nuevo.

Con pesar notas como tus pies, con vida propia, dejan de avanzar y cambian de dirección.

Solo te queda la esperanza de encontrar, algún día, ese bosque, esa senda que ya no distingues e iniciar una nueva travesía.

Sabes que se ha acabado el tiempo de los milagros y te das la vuelta.

© Ricard de la Casa – Texto, imagen y galería de fotos – mayo 2020.

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Gotas

Esta foto está realizada el dos de mayo de 2020. Confinamiento, pero menos. En Andorra ya hace más de dos semanas que en dias alternos y a horas estipuladas podemos aventurarnos fuera de casa más allá de comprar comida. Me levanté temprano y salí para hacer ejercicio. En la mochila me llevé la cámara. Sabía por dónde iría y sabía que quería hacer (y qué objetivo poner). Algo rápido, que pudiera ver, apuntar y disparar. Sabía que la hora era correcta, el sol despuntaría cuando estuviera allí y tendría algunos contraluces que podría aprovechar. Es estimulante tener el problema añadido de que no te puedes parar apenas. No tienes tiempo. Un problema más.

Puede ver la galería de los retos en:

Fotos del confinamiento

No creo que tengan ningún problema en averiguar cual era el reto que se planteaba en cada una de ellas. Si tocan la flechas las verán en grande y la I (i) les proporcionará algunas pistas.

© Ricard de la Casa – Imagen mayo 2020.

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Senderos de luz y gloria

Dentro de 20 días, se cumple 9 años (24 de junio de 2010) que escribí está entrada para una foto (pinche aquí para verla) sobre senderos.

La palabra sendero tiene muchas connotaciones. Es sugerente y rica en posibilidades. Tendemos a pensar en escala humana y, sin embargo, hemos visto hermosos e intrincados senderos desbrozados por hormigas. En los bosques me encanta encontrar las señales de paso habituales de otros animales. Se convierten en un enigma que hace falta desentrañar.

Los senderos son caminos que nos llevan a descubrir nuevos lugares. Son puro transito hacia el futuro. Cuanto más diminuto y camuflado más encantador es. A veces, solo algunas marcas, aquí y allí, permiten seguirlo. Si prestas mucha atención eres capaz de descubrir las pistas que te adentran en parajes ignotos.

Alguna vez, solo rememorando el camino hecho, te das cuenta de que has seguido uno sin darte cuenta. Es tan esquivo que si intentas regresar a él, eres incapaz de encontrarlos de nuevo, de ingresar en la vereda.

También tenemos senderos mágicos. Se desvanecen con solo hollarlos. Apenas puedes inhalar su aroma y su esencia se malogra.

Y los de luz.

Aparecen siempre haciéndote un guiño. Majestuosos e infinitos. Blancos plata, dorados o rojos carmesí. Nacen frente a ti, provocándote. Exhalando pura tentación en forma de luciérnaga.

De todos ellos el más misterioso es la Luna. Apetece echar a andar y moverte. Un deseo condicionado.

Ahí está, justo a tus pies y sin embargo eres incapaz de echar a andar.

Hoy quiero hablarles de otro sendero de luz, uno que no podemos aún hollar, pero todo se andará. Es el que nos marca en nuestro horizonte nocturno, nuestra galaxia. Cuando oscurece, las estrellas que conforman la Vía Láctea forman un camino que todos nuestros ancestros habrán mirado. Algunos con indiferencia o curiosidad y otros, supongo que los menos, como locos bajitos intentando alcanzarlas. He titulado esta entrada como Senderos de Luz y Gloria, porque si de algo estoy seguro (si nuestra especie no se malogra en el intento), es que ese camino marcará un nuevo viaje de descubrimiento. Eso sí, espero que este sea mucho más amable y prudente con lo que nos encontremos.

Será glorioso no solo porque verán cosas que para mí son inimaginables y eso me llena de pura ansia, sino que también porque la duración de ese camino podría ser de miles de años. Es evidente que me quedo corto.

Estoy seguro porque será el sendero natural de progreso. Un camino de luz que seguir que nos llevará hasta el núcleo galáctico. Ese punto de luz y a la vez ese lugar oscuro, inconcebible y a la vez extraordinario. Otra frontera que en algún momento aprenderemos a atravesar. Quizá sea otra puerta estelar que nos lleve a otras galaxias, algunas tan lejanas que su luz aún no se vislumbra en nuestro horizonte.

Todo es tan vasto que no tiene límites. Como nuestra imaginación.

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©) Ricard de la Casa – Imagen Junio 2019 Texto Junio 2010 – 2019

Selfie en la misma sesión con ayuda de Maria del Mar Sánchez

Gigante

Barajaba otros títulos para esta foto.

Pensé en El ojo del huracán. Pedro L. Escudero, el fotografo, está justo situado en el centro tranquilo y a su alrededor la vorágine de la tormenta se desata. Nadie le presta atención mientras él busca nuevos planos. Otro posible título era Soledad. Es cierto que todos se están divertiendo menos, aparentemente, él. No es justo, Pedro está concentrado. Me lo imagino porque yo estaba haciendo lo mismo. Buscando y procesando a la vez, Qué y cómo. Se está dejando llevar por su intuición, por su experiencia. Como conducir, ya no piensas en lo que hacen tus piernas ni tus manos, ni tus ojos… todo trabaja en un solo objetivo. El fotografo hace exactamente eso. Creo que Pedro se lo estaba pasando en grande, disfrutando de cada segundo de la HOLI Party en Encamp.

Finalmente, me gusto el título de Gigante. Su estatura destaca más con el punto de vista de mi cámara. Aún todavía más si tenemos en cuenta la gente que le rodea. Y tiene connotaciones positivas. Aún resuenan en mi cabeza los ecos de viejas películas con gigantes que se mueven en un mundo diminuto. La fantasía sigue viva en nuestro interior y eso es muy emocionante. Sigue desatando sensaciones euforizantes sin necesidad de química. Y eso, digan lo que digan, es lo mejor de todo. ¡Disfruten!

Tengo que dar las gracias a Pedro y a Maria del Mar, por compartir ese momento y por avisar de la celebración de la fiesta. Y por supuesto a todas las locas y locos que participaron en la HOLI Party. Ellos fueron la fiesta.

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©) Ricard de la Casa – Mayo 2019

Casa de la Vall

Pues eso.

Un lugar que conozco de siempre a cualquier hora. Incluso a muy altas horas (a todas ellas, cualquiera de las que usted pueda imaginar, y para los muy malpensados obviar algunas anécdotas escabrosas). Bueno, concretemos: Este lugar tal y como está ahora mismo no existía hace unos años.

Aún así, sigue con capacidad de sorprenderme. Y no llevaba la cámara. Bueno, volvamos a concretar que me disperso: no llevaba la réflex. Solo el móvil. Me dije que volvería (y volveré) pero deje las bolsas de la compra en el suelo, me arrodille en el césped y me mojé (algo que no me gusta nada, nada, nada), y me ensucie los pantalones (eso ya es más soportable).

¿He dicho ya que llovía?

Había escogido ese camino solo, solo, solo por rememorar viejos tiempos. Ósea, traduzco: pura morriña. Por pasar por delante de la casa de mis tíos y una vez más atravesar por los jardines de la Casa de la Vall. Y también sabía que los falsos cerezos estaban floridos (más o menos, porque con este tiempo los pobres van locos) pero no me acordaba de este en concreto.

Sí, lo sé, soy un desmemoriado.

Y pasar por delante de casa de mis tíos me obligo a desviarme por donde antes estaba el colegio de las monjas (derruido). Un lugar por el que no suelo pasar porque antes no existía. Justo allí, sin un alma a la vista, todo el lugar para disfrutarlo en privado (normal, con el tiempo que hacía, caían gotas desde hacia un buen rato) estaba esta pequeña joya ante mis ojos: Un atardecer, el falso cerezo en rosa, las luces encendidas en amarillo, en hora azul y yo sin mi cámara.

Por suerte tengo una aplicación para disparar en RAW y mejorar los contrastes. Apenas se veía y el día era de esos nublados, oscuros, fríos (y francamente geniales desde el punto de la luz).

Así que aquí está (y no se me va la sensación de que debe de haber muchas fotos iguales a esta, pero esta es mía).

Y si han llegado hasta aquí, gracias por leerme y por aguantarme.

©) Ricard de la Casa – abril 2018.

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