Cabines

No recuerdo si fueron las primeras cabinas de Andorra. Creo que sí y me subí en ellas varias veces para hacer el trayecto entre Encamp y el lago de Engolasters. Ahora cuando las veo, pienso en lo pequeñas que eran. Entonces, en los años sesenta (del siglo pasado), no me lo parecían.

La excusa fue un taller de fotografía nocturna realizado por Andorra Sostenible y dirigido por Esteve Argelich. Además de echarnos unas risas, pude volver a contemplar algunas de esas cabinas que desconocía que estuvieran allí (una propiedad privada y que gracias a Dolors Torres pudimos visitar). No pudimos siquiera hacer una foto de lo que queríamos plasmar (Vía Láctea), las nubes y la contaminación lumínica se aliaron en nuestra contra.

Aún así pudimos dejar constancia del maravilloso cielo del que disfrutamos en Andorra y de los conocimientos de Esteve. ¡Gracias!

Ⓒ Ricardo de la Casa Pérez – Octubre 2021

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Amanecer en Asland

Pasaban unos minutos de las 7 de la mañana (sí, lo sé, tengo que poner en hora la Canon). Esperaba el siguiente tren en dirección a Barcelona (en concreto el cercanías con destino a la estación de Francia). Quería que la línea de luz de los faros de los coches tuviera aún más realce con las ventanillas del tren. Cuando lo oí salir del túnel solo tuve que apretar el disparador y dejar que los segundos (20) transcurrieran placidamente (es un decir, hacía un frío de mil diablos y acabé con las manos heladas).

De madrugada esos feos edificios, grises y extraños adquieren una patina casi mágica. La luz artificial los dota de una proyección que los traslada, dentro de mi mente, hacia un futuro de ciencia ficción.

© Ricard de la Casa – marzo 2016

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Anochecer en Salamanca

Cualquier lugar tiene magia. Hasta el rincón más recondito de tu mente posee ese don. Solo necesitas imaginartelo y está allí. Al alcance de tu corazón.

La puedes acariciar, oler y degustar. Es música. A veces hace falta dejar de mirar y observar para percibirla. Otras basta con deslizar las yemas de tus dedos sobre la textura. En la mayoría basta con inspirar.

Bombea constantemente y fluye. Jamás languidece.

Salamanca es así. Esparce sobria fantasía, derrama burbujas que te hacen cosquillas en todos y cada uno de tus sentidos. Una sorpresa.

© Ricard de la Casa – Texto, imagen – enero 2018.

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Suma y sigue

En estas fechas te paras a pensar unos momentos en lo que llevas de recorrido y piensas un poco en el futuro (no mucho, no sea que los nubarrones empiecen a mojarnos). Esta imagen de la Torre de Hércules me hace pensar en varias cosas.

Una, la flexibilidad del tiempo. Lleva casi dos milenios construido. Eso según nuestros parámetros es mucho, sin embargo, es un parpadeo para el tiempo en el que la vida se ha desarrollado en el planeta.

La segunda idea es sobre la enorme cantidad de seres que hollaron este lugar durante siglos y milenios. En especial los del género Homo. La curiosidad se impone: ¿Qué pensaron cuando lo vieron? ¿Cuáles eran sus historias? ¿Sus deseos? ¿Sus temores? ¿Cómo eran sus vidas?

La potente luz de su guía ha servido para que algunos pudieran continuar su viaje sin riesgo. Así que de todas las preguntas quizá la primera sea relevante. Formular hipótesis que nunca tendrán respuesta es bueno tan solo para reflexionar.

A cada instante, cada día, dejamos atrás un retazo de nuestra vida y avanzamos. La ventaja de estas fronteras artificiales que nos marcamos es que las podemos manejar con cierta soltura. Amplia para que hayan ocurrido bastantes cosas pero no tantas como para olvidarlas.

Iba a titular la imagen como Autorretrato. En realidad salgo yo haciendo la foto. Se me ve (más bien se intuye una sombra) a mí y al trípode que sostiene la cámara. Hice alguna sin que se me viera, pero decidí colgar está precisamente porque cuenta un cachito más de mi propia historia.

© Ricard de la Casa – enero 2018.

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Muelle de Asland

Ya había ido un par de veces por allí para conocer el terreno. El muelle está cerrado y es imposible acercarse y una cerca de malla prácticamente lo cierra sin dejar huecos desde donde disparar. A veces ni siquiera está iluminado. Quería que pareciera algo extraño, amenazador, un monstruo, algo salido de las entrañas del agua. Un poco más allá hay una elevación para tomar fotos, pero el ángulo impide que la iluminación artificial haga su trabajo. La perseverancia a veces, tan solo a veces, tiene su recompensa. Encontré un hueco y, además, unos matojos de hierba perfectos para componer.

Lo divertido, o lo dramático era que tenía que esperar a que algunas farolas se encendieran (deben ser tan viejas que se van apagando de manera aleatoria), para que me ayudaran a iluminar la escena (sí, también llevaba una linterna para eso, pero prefería no sacar mucho las manos, recuerden: hacía un frío de mil demonios).

© Ricard de la Casa – marzo 2016

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Héroes de David Bowie

Siempre he sido refractario a salir en las fotos. No solo en las mías, sino en las de cualquiera. Es una tortura a la que me someto, únicamente, si no tengo más remedio. Así que hacerme selfis a mí mismo, solo lo hago en contadas ocasiones y buscando trascender el simple hecho de mostrarme.

Cuando empecé a hacer fotos, un poco antes de la adolescencia, cuando le robaba a mi padre su cámara, eso no se estilaba y supongo que ese punto de vista se ha mantenido a lo largo del tiempo.

Ya saben que la madrugada del 10 al 11 de enero, hizo mutis David Bowie. Justo ese día, el 11 yo tenía que acudir al programa Becaris, de RNA (Radio Nacional d’Andorra) con Xavier Albert y Meri Picart a hablar sobre algún libro de ciencia ficción. Me puse a pensar y encontré la excusa perfecta para saltarme mis propias reglas (no se preocupen, siempre, si es necesario, la encuentro) y hablar de Bowie y de una novela que no es del género: Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower) de Stephen Chbosky. La novela, un viaje iniciático de un adolescente con problemas que se siente marginado, contiene en dos escenas importantes, y en ellas suena de fondo -pero también con mensaje- la canción “Heroes” de David Bowie. La segunda escena actúa de resumen de la película (de hecho, el película acaba con ella) y Chbosky expone los pensamientos del adolescente que resume un poco los sentimientos a esa edad:

«Pero sobre todo, lloraba porque de repente fui consciente del hecho de que era yo el que estaba de pie en ese túnel con el viento corriendo por mi cara. Sin preocuparme de ver el centro de la ciudad. Sin ni siquiera pensar en ello. Porque estaba de pie en el túnel. Y estaba realmente allí. Y aquello era suficiente para hacerme sentir infinito. Fragmento de: Stephen Chbosky. Las ventajas de ser un marginado».

Así que allí estaba yo, a eso de las siete de la mañana, pasando frio pero disfrutando de un amanecer increíble en la gama de colores, escuchando a «The Boxer Rebellion» y haciendo fotos. Supongo que me vino la inspiración o mejor la necesidad de encontrar algo que llamara la atención y a la vez pensé, porque sentía que en ese momento te sientes infinito.

Me planté, regulé y me quedé como una estatua para dejar que las estrellas que yo si podía ver, quedaran inmortalizadas también en el sensor.

Ahora, cuando la veo, me siento realmente infinito.

© Ricard de la Casa – enero 2016

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