Una larga mirada

Trasladar las fotos correctamente realizadas en tu cámara digital (y a todo color) a blanco y negro puede ser un auténtico dolor de cabeza. Más cuando has vivido una gran parte de tu vida sumergido en la fotografía analógica (química) y casi puedes percibir el aroma que desprenden (texturas).
Cuando hacía fotos en cámaras analógicas (de carrete físico), recuerdo que además de colocar el correspondiente rollo, requería por mi parte una adaptación mental. No podía cambiar de carrete de b/n a color sin más. Quizá otros pudieran, pero para mi requería que los engranajes de mi mente cambiaran. Sabía que si no lo hacía así, el resultado sería decepcionante. Aprendí por las malas que lo mejor era que durante la sesión de foto empezara y acabara con el mismo tipo de rollo. Al menos necesitaba relajarme y tomar un descanso o ir a tomar un café. Lo mejor era dejarlo para otro día.

Y ahora estamos donde estamos. La fotografía digital lo ha cambiado todo. Entre otras cosas la plasmación en blanco y negro.

No renuncio al regalo de vivir la fotografía como la viví. Recorrer todo el camino completo te permite llenar las alforjas con mucha experiencia. Ir ajustando lo que quieres con lo que sale del archivo. El camino fue lento pero lleno de descubrimientos. Los que han llegado directamente a la fotografía digital en muchas cosas tienen un camino mucho más llano (incomparablemente enriquecido con muchos más matices y posibilidades) aunque también tienen muchas piedras con aristas afiladas cuando quieren algo más complejo: adecuar lo que ven a lo que imaginan.

Siempre hago la foto en color, la razón es que mi cámara no me deja hacerlas en b/n, y la verdad tampoco en estos momentos me fiaría demasiado. Estaría usando los parámetros de la marca y no los que yo en un momento dado desearía. Son demasiados años de laboratorio, manejando carretes de diferentes marcas y sensibilidades. Con revelados también con diferentes marcas, forzando o suavizando los tiempos. Y por último la impresión en papel, de nuevo con varias marcas de papel y revelados. Todo ello hacía que el camino fuera largo y hermoso pero complejo y a veces frustrante por no conseguir los resultados que tenías en la mente. Bastantes veces hago las fotos pensando en esos resultados. Es gratificante.

Cuando antes comentaba más arriba lo de adaptarse para hacer fotos de un tipo o de otro, me sigue ocurriendo. Necesito estar mirando las fotos en la carpeta y estar pensando en blanco y negro. Así que me suelo hacer más de una pasada, con días, semanas o meses de diferencia. Interesante descubrir a veces una imagen que sé que será mejor procesarla en blanco y negro y no te habías dado cuenta de su potencial.

Ahora se trata de encontrar modelos de procesamiento que trasladen la fuerza bruta del RAW (fichero que conserva toda la información de la imagen), con todos sus matices y texturas a la belleza incomparable del b/n. Y es complicado si no quieres cualquier cosa. Muchas veces sigues frustrado con los resultados. En ese tema no ha cambiado nada como tampoco en el tema de aprender. Estás constantemente actualizándote, profundizando en nuevas técnicas que te permitan trasladar lo que imaginas en algo tangible.

Dentro de unos años el b/n habrá perdido la cotidianidad, las nuevas generaciones vivirán sumergidos completamente en color y ver algo en b/n será extraño.

Hacia bastante que no hacia fotos pensando en b/n, y como en muchas otras cosas, hay temas que son especialmente agradecidos (para ser publicados en b/n). Llegué de nuevo porque se está preparando una Bienal de la FIAP de fotos en b/n y voy a participar (ya tengo la foto). Eso ha servido para estimular mis ganas de hacer más fotos y ahora estoy metido de lleno en otra vorágine de la que la fotografía que he colgado aquí es una muestra.

Sigo investigando, mientras espero que les guste.

Ⓒ Ricardo de la Casa Pérez – 2021

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La identidad perdida

El retrato es una de las disciplinas fotográficas más gratificantes y a la vez más complejas.

La mayoría de nosotros estamos acostumbrados a interpretar aunque sea mínimamente, las emociones en los rostros.

Los ojos, el entrecejo, los pómulos, los labios… muestran mucho más de lo que a veces nos gusta revelar. Con un poco de interés podemos traspasar las fronteras de lo cotidiano y adentrarnos en terreno escabroso. Descubrimos así bellos paisajes, aunque también algunos agrestes o decididamente feroces.

Antaño era importante. Saber leer las expresiones de la gente que nos rodeaba servía para estar informado de posibles amenazas y por tanto actuar en consecuencia. Estamos adaptados (preparados y motivados) para desentrañar información a partir de la posición del cuerpo, especialmente del rostro. Básicamente por eso nos atrae tanto. Habla de nosotros.

La ubicuidad de los teléfonos inteligentes y la facilidad para hacer fotos con ellos, se ha traducido en un alud de retratos, especialmente selfis. Es casi casi una epidemia, una locura colectiva, la moda de hacerse de forma individual o colectiva autorretratos en todas las posiciones y lugares posibles.

Soy un voyeur (bastante) y observo con curiosidad (mucha) la secuencia de expresiones que pone la gente cuando se hace fotos a sí mismo. Cómo pasan de una cara anodina a iluminarse con una dulce sonrisa, abrir ligeramente los ojos, reorientar el perfil en busca del lado bueno (si lo saben) para volver a mostrar, una vez pulsado el botón de disparo, un rictus que nada tiene que ver con el rostro que apenas un segundo antes era el paradigma de la felicidad.

No somos hipócritas, tan solo actuamos para ese hipotético público virtual. No hay nada de malo en ello. Por favor, no vean ninguna crítica velada en mis palabras. Solo expongo hechos.

Es divertido (para el observador) y se aprende mucho.

El hecho triste es que algunos repiten hasta la saciedad el mismo gesto una y otra vez, convirtiendo la postura en una mascara que a fuerza de repetirse pierde sentido. Nos transfiguramos en fantasmas de ánimo inexistente.

Nos transformamos en una marca de fábrica, un logotipo sin alma. Nosotros somos el extraño producto. Ofrecemos una imagen deformada de nuestra realidad.

No, no somos eso.

¿No hay nada más? ¿No se puede buscar nuevas maneras de mostrarte o de mostrar el semblante de alguien?

Deberíamos esforzarnos un poco más. Hemos abandonado la sinceridad para convertirnos en personajes de una película en la que somos incapaces de reconocernos. Deseamos tanto satisfacer al público que nos olvidamos que querernos un poco más a nosotros mismos es fundamental. Ser honestos es también respetar a aquellos que nos quieren.

Las reglas del juego están claras. A los que nos gusta la fotografía sabemos que las fotos deben contar, como cualquier obra de arte, una historia. Espero no haber ofendido a nadie con este comentario.

En resumen: Es aburrido contar una y otra vez la misma historia. Cansa y hace que me vuelva selectivo (muy a mi pesar).

Entiendo que a veces es complicado transmitirla (la historia que deseas contar). En ocasiones el relato que uno tiene en mente no establece ninguna conexión con los frutos que iluminan las neuronas de la gente que mira tus fotos.

Divergen.

No me importa siempre y cuando el observador se inspire y le estimule. Es hermoso.

A veces me quedo colgado de un retrato (y no tiene porque ser una fotografía). Me pasa en museos con la pintura (ellos lo inventaron todo). Más de una vez me quedo sin aliento frente a un cuadro que muestra el rostro de alguien. Tengo que sentarme (si tengo suerte y hay un banco cerca) y paladear cada pincelada, la luz con la que el pintor lo ilumina. Cada pequeño gesto que hace que la persona (pintada o fotografiada) adquiera un halo cuasi mágico.

Fluya como un río de emociones en mi interior.

Es uno de esos pequeños milagros que suceden de vez en cuando.

Y que alegran la vida.

Algunos retratos los visito con frecuencia (en internet o donde estén expuestos) para catar de nuevo de forma intima las esencias del puro deleite que me produce su contemplación. Me recreo pensando en ese bellísimo momento en qué creador y sujeto estuvieron en comunión e imagino como fue. Mi mente se desliza, susurrando historias imaginarias.

Por supuesto yo estoy muy lejos de conseguir nada parecido, pero no dejo de intentarlo. Siempre que tengo ocasión.

©) Ricard de la Casa – Imagen y texto, junio y septiembre 2019

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Dos zombies

Ese año asistí a la Zombieland del festival de Sitges. Simplemente me puse en medio  de la estrecha calle por donde pasaban, me arrodille para encuadrar con un fondo limpio y deje que pasaran por mi lado hasta que quede completamente exhausto.

© Ricard de la Casa – abril 2016.

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